Puerta al infierno. parte 2

Publicado: 13 agosto, 2010 en Relatos

Tras el fatídico accidente en la zona de experimentos, Alan y su compañera estuvieron toda la tarde comprobando datos y realizando distintos tipos de pruebas. Todos los sistemas del SG-23 parecían funcionar correctamente, por lo que no entendieron qué había podido salir mal.

Sin lugar a dudas, habían perdido la oportunidad de lanzar su proyecto a la luz. Los individuos con traje, altos empresarios cuyo interés en el proyecto era desorbitado, desaparecieron tal y como llegaron.

El doctor Alan Birth había gastado una fortuna en tiempo y dinero para tener que fracasar. Llevaba trabajando  más de treinta años en aquellos prototipos y no se le podía escapar de las manos de esa manera. Era una vida entera dedicada a una ilusión que vio desvanecerse cuando el preso nº 1986-S fue asesinado. En ese momento, Alan sentía  haber desperdiciado su vida, haber fracasado en lo único que le importaba. Los SG-23 formaban parte de él, eran como una extensión de sí mismo y no podían caer en el olvido. Si desaparecían, él lo haría con ellos.

No tenía familia, apenas se relacionaba con sus semejantes. Su compañera de trabajo y algunos individuos aislados del laboratorio eran su único apoyo. Alan meditaba en una silla dentro de una sala contigua a la zona de experimentos. Suspiraba mientras una sensación de odio, nunca antes experimentada, afloraba en su interior. Junto a él, y comprobando unos últimos datos, se encontraba su joven compañera.

– Tengo que entrar en el SG-23 – Dijo en voz alta para que ella lo escuchase – y tengo que hacerlo ahora.

– Doctor, no puede hacerlo. No es seguro. Ya vio lo que sucedió esta tarde… – manifestó alarmada.

Alan no dijo nada. Cogió aire y lo expulsó lentamente por su boca mientras se dirigió a la zona de pruebas cabizbajo. La joven conocía lo testarudo que era el Doctor y lo acompañó sabiendo que de nada servirían sus intentos por frenarle. Simplemente dijo:

– Esto no va a salir bien.

No obtuvo respuesta. El Científico pulsó un gran botón rojo que había en una de las paredes del laboratorio y dos puertas gigantes se abrieron dando paso a la sala de experimentos.

Ambos entraron, aquella habitación no estaba tan iluminada como lo estuvo durante la prueba. Tan sólo unas cuantas luces de emergencia de color rojo iluminaban levemente los SG-23 y las salidas de emergencia. Alan se acercó a uno de ellos e inició el proceso. Acto seguido la esfera comenzó a iluminarse con una tonalidad azul y a provocar ondas que chocaban entre sí. Tras esto, se dirigió al otro prototipo y lo activó. En este la luz era más brillante, las ondas eran más agresivas y veloces y comenzó a producirse el sonido del reactor aumentando de intensidad.

– Espero que estés al otro lado para sacarme -. Dijo el científico gritando, debido al potente sonido, mientras se introducía en la esfera del SG-23. Su compañera le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba y no le quedó más remedio que lanzarle una sonrisa forzada que otorgó tranquilidad al doctor. Después de lo que había visto esa tarde, su confianza en la seguridad de la máquina había descendido y temía por la vida de Alan.

La sala de pruebas se iluminó con una luz cegadora, el ruido del reactor era ensordecedor y Alan comenzó a desaparecer. Todo quedó en silencio, la tenue luz de los focos de emergencia iluminaba los SG-23 con tono rojizo. En la pared, el marcador digital comenzó su cuenta atrás. 15, 14, 13, 12, 11, 10. La joven doctora miraba impaciente el cronometro. Estaba intranquila, 09, 08, 07, 06, 05…

La esfera por la que debía aparecer Alan comenzó a iluminarse con fuerza, las ondas chocaban entre sí a gran velocidad y el sonido del reactor se activó incrementando su volumen y potencia a medida que el contador se acercaba a cero. El científico apareció en el SG-23 lentamente. Su compañera lo sacó, estaba intacto y en perfectas condiciones aunque muy indignado, blasfemó todo lo que pudo y más.

– ¿Qué ha sucedido? – Preguntó la joven con algo de temor por el alterado estado del científico.

– Nada, eso es lo que ha sucedido. Absolutamente nada. Entro en la esfera, salgo de la esfera. Entro en la maldita esfera, salgo de la maldita esfera – Contestó malhumorado Alan.

Tras una larga pausa donde ninguno de los dos pronunció palabra alguna, el Doctor dijo a su compañera:

– Vete a casa, no hay nada más que hacer. No nos darán otra oportunidad para mostrar que funciona.

Un odio y rabia extrema volvió a florecer, esta vez con más facilidad, en el interior de Alan que desolado, se dio cuenta de todo el tiempo que había perdido en aquel proyecto. La doctora no dijo nada y se marchó a casa con tristeza.

Alan Birth se quedó en la sala de pruebas, sentado frente a los dos SG-23. Los miraba con impotencia, esperando una respuesta que no tenía, ¿qué le había sucedido a aquel preso? ¿Qué había fallado? Tantos años de su vida tirados. ¿Por qué el sujeto nº 1986-S vivió algo en su viaje que él no pudo? Cientos de preguntas invadían la cabeza del científico y no hacían más que atormentarle y sumirle en un estado de profunda ira y desolación.

Alan observó con mirada infinita el charco de sangre coagulada que aún permanecía frente a uno de los SG-23. Sus ojos se iluminaron, tenía una idea que podía funcionar. De modo que salió corriendo de la sala donde se encontraba y se dirigió al montacargas del laboratorio. Mientras éste llegaba, introdujo su mano en la bata blanca, sacó su móvil y se dispuso a llamar a su compañera. Pero no obtuvo respuesta.

– Doctor Birth, ¿aún por aquí? – preguntó el encargado de seguridad a Alan cuando llegó a la segunda planta subterránea.

– Ya ve, se dice que los genios nunca descansan – contestó el científico con ironía.

– Lamento lo de esta tarde.

Alan contestó con una leve sonrisa y acto seguido preguntó por el sujeto nº 1986-S.

– Mañana vienen a por él, aún no estaba todo el papeleo listo, doctor – contestó el jefe de seguridad.

– ¿Podría verlo? – preguntó Alan con interés.

– Todo suyo, yo continuaré mi ronda, Doctor Birth. Pase una buena noche – contestó el empleado de seguridad.

Alan esperó a que desapareciera por el pasillo y con el móvil aún en la mano, se dirigió a una sala específica donde tenían al preso degollado. El científico entró en la habitación y con sigilo sacó la camilla donde permanecía el cuerpo. Observó que nadie deambulaba por el largo pasillo y se acercó hasta el montacargas. Cerró las puertas del mismo y pulso el botón que lo accionaba mientras  intentaba localizar a su compañera con el móvil. Pero no obtuvo respuesta.

Cuando llegó a la sexta planta, el montacargas se detuvo. Alan salió con la camilla y se dirigió rápidamente hasta la zona de pruebas. Una vez allí, con la sala en penumbra, quitó la sábana que cubría al difunto preso y lo acercó hasta una de las esferas. Lo miró y suspiró diciendo: – Lamento que te haya pasado esto, amigo.

El científico observó su cuello; tenía un corte profundo. La ira volvió a apoderarse de Alan que recordó toda la ilusión que había puesto en aquel proyecto y como algo o alguien se lo había arrebatado. No era justo, y sus ganas por saber qué había ocurrido, se volvieron casi cegadoras. De modo que no pensó nada más, dejó caer su móvil al suelo, encendió ambos SG-23, cuya luz iluminó toda la sala de azul brillante. Ató el extremo de una cuerda que había recogido por el camino a una viga de la sala y el otro extremo lo introdujo en el globo gelatinoso para ayudarse a salir cuando volviera del viaje. Se dirigió, junto con el preso, al otro prototipo,  activó la secuencia, cargó con él y ambos se introdujeron en la esfera.

Desde dentro, Alan observó cómo la habitación se tornaba azul. La luz intensa le cegaba y el ruido era muy distinto al exterior; no se oía absolutamente nada. De pronto, la esfera se volvió opaca. Alan Birt no podía ver nada. Tan sólo una luz azul cegadora que le obligó  a cubrirse los ojos.

La cámara de vigilancia grabó cómo el científico junto con el cuerpo del preso, se desvanecieron lentamente. Luego todo quedó en penumbra y el cronometro comenzó su marcha atrás de 15 segundos.

Alan desprotegió su cara, la luz aún le impedía ver pero disminuía su intensidad progresivamente. Se encontraba en la misma sala de pruebas. No se podía creer que su plan hubiera fallado. Buscó la cuerda que había introducido en la esfera para poder salir, pero no halló nada. Maldijo su suerte. Debía permanecer allí hasta que alguien lo sacara.

De pronto, una mano se introdujo en la esfera agarrando al preso y sacándole de la misma. El científico se giró rápidamente y observó una figura completamente negra, parecía estar construida de un humo negro muy espeso, pero con aspecto de ser humano. La figura sin rostro sostuvo al difunto en alto un par de segundos, parecía estar observándole y acto seguido, lo introdujo de nuevo en el SG-23. Se alejó del prototipo levitando sobre el suelo y difuminándose poco a poco. Pronto otros dos individuos  se unieron a él hasta que desaparecieron por completo.

La luz azul volvió a cegar a Alan y justo antes de que la esfera se volviera opaca completamente, pudo distinguir a una persona sentada en la sala del público. Esta no estaba formada de humo, sino que tenía rostro. Era una persona humana, llevaba bata de científico aunque no pudo ver quién era. Se levantó y comenzó a caminar hacia el SG-23, pero para entonces la esfera se había vuelto opaca y la luz impidió ver absolutamente nada.

La cámara de vigilancia de la sala de pruebas capturó el momento en el que el sG-23 se activaba para traer al doctor de vuelta. La habitación se volvió azul, las ondas en la esfera chocaron entre sí velozmente y Alan y el preso nº 1986-S aparecieron poco a poco dentro de la misma.

El científico agarró el extremo de la cuerda, que anteriormente había introducido en la esfera, y salió del SG-23 con el difunto preso, el cual quedó tendido en el suelo. Alan estaba alucinando, no podía creerse lo que había visto en su viaje. ¿Cómo demonios iba a explicar lo sucedido?, ¿figuras que parecen humanas pero su composición es de humo? Era imposible. ¿Por qué habían sacado al sujeto nº 1986-S de la esfera y lo volvieron a dejar dentro? Cientos de preguntas machacaban de nuevo la cabeza de Alan que se encontraba sentado en uno de los SG-23, iluminado por la tenue luz de una de las luces de emergencia.

La perspectiva del doctor había cambiado, se sentía intrigado. Había descubierto algo que nadie imaginaría. ¿Acaso se trataba de un mundo paralelo? ¿Una brecha en el espacio tiempo que gracias a los SG-23 había descubierto? y la pregunta más importante, ¿qué le hizo entrar en ese mundo que la primera vez no pudo?

Mientras se formulaba todas estas preguntas, alguien llamó su atención. En la sala de pruebas no se encontraba sólo con el preso. Pronto advirtió que junto a ellos, había otra presencia que no imaginaba encontrar allí.

Continuará…

Gracias por perder el tiempo conmigo.

Neme.

Obra registrada en Safe Creative Registro de Propiedad Intelectual. Todos los Derechos Reservados.

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comentarios
  1. elcisnenegro dice:

    Interesante, muy interesante. La siguiente entrada desentrañará el final de la historia o habrá más partes?

    Un saludo Neme

  2. Anónimo dice:

    Muy bueno, cada vez tus relatos cortos son menos cortos, cosa que me parece muy bien.

    Un saludo.

    • jeje sé que cortar los relatos a medias y quedarse con la intriga no es agrado de nadie, pero últimamente se me ocurren historias con una trama algo más compleja que necesitan de más explicación.

      Gracias por tu comentario y voto 😀
      Un Saludo.

  3. bermudez dice:

    Me dejas sin palabras y con la boca abierta! Porfa desvela el final ya, qué tensión….!

  4. Anónimo dice:

    Vas progresando en dejar al lector intrigado, cosa que creo que es lo mejor. La historia esta bien porque la intriga va subiendo poco a poco y a este paso nos vas a dejar sin uñas en los dedos.Espero que el final no se demore mucho.
    Un saludo

  5. Anónimo dice:

    escribe un libro ya! :p Madr mia q intnsidad d relatos!

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